¿Cuándo fue la última vez que llorásteis?¿Hay alguien que se avergüenza de llorar hoy en día? ¿Sigue por ahí fuera el tópico de que los hombres son muy machos y por eso no deben mostrarse tan vulnerables?
Admito que lloro, no con frecuencia, pero sólo cuando necesito hacerlo para desahogarme, esa presión que sentimos en el pecho y las emociones que se encuentran a flor de piel pugnando por salir y explotar. La verdad es que no se me ocurre una forma de sentirme mejor que un buen lloriqueo mocoso. Aunque poco después me sienta algo avergonzada y perdida, y al mirarme al espejo parezco estar viendo una extraña compungida de ojos enrojecidos con alarde de hacer pucheros.
Nunca fui una niña llorona, todo me lo guardaba en mi caverna interior, y se notaba la rabia en mis silencios forzados y rostro enfurruñado.
Recuerdo un fin de semana de cumpleaños y algarabía en casa de mi mejor amiga. Debía tener unos 11 años. Volver a mi casa fue devastador. Saludar en un murmullo y encerrarme en mi cuarto. Ser consciente de que todos los buenos momentos se acaban, preguntándome por qué no podían durar para siempre. Lágrimas de madurez. En determinadas situaciones afloran las lágrimas pero lucho titánicamente por no dejarlas salir, son esas ocasiones en las que no debo llorar, me resisto a llorar porque simplemente no quiero…
• Hay películas que me emocionan, no puedo evitarlo; no sólo por la película en si, sino porque rememoro tantos recuerdos de mi infancia… 
• Palabras, frases entrecortadas que brotan de nuestros labios dolorosamente, descubro mi alma a los hombres que me conmovieron en el pasado y me conocieron como nadie lo ha hecho: “Somos muy diferentes. Lo sé. Lo siento. Seguiremos siendo amigos. La distancia. Sufro por no estar contigo. Ojalá te hubiera conocido antes. Eres una persona estupenda. No puedo decidirme. Sólo quería haberlo disfrutado un tiempo, saber lo que se siente estar con alguien. Más tiempo….”
• Furia incontenida, rabia. Las lágrimas más inapropiadas que te impiden hablar con coherencia. También ha habido situaciones en las que me derrumbo de un soplido como un castillo de cartas: • Me siento solo. Y estoy solo. Si al menos él me hiciera caso, si al menos conociera a alguien. Me siento en el suelo junto a la cama, apoyo mi cabeza entre las rodillas y me cubro con los brazos. Quiero hacerme una bola, como los puercoespines, aislarme de todo…
• Me gustaba mucho. Pero somos demasiado diferentes. Lo hemos intentado pero no ha salido bien. Me gusta la suavidad con la que me habla. Transmite serenidad. Pero he notado la distancia, no he visto ninguna señal que me de esperanzas. Tampoco será el. Otra vez. Como siempre.
Lágrimas inoportunas, rabiosas, frustradas, enamoradas, enrojecidas, relajantes, evocadoras. No me avergüenzo de llorar, pero aparto las lágrimas de mi mente, y las dejo salir cuando todo lo demás ha fracasado; reconforta…